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Por Horacio López das Eiras
Especial para Sumario
Un guión cinematográfico podría comenzar con una flamante maestrita entrerriana de nombre inglés, que significa Elsita, abordando el tren de su pueblo hasta la estación. De allí, “trasbordar” a un caballo y cabalgar hasta la escuela “Nicolás Avellaneda” de Concepción del Uruguay. La misma escuela que la albergó como alumna.
Otro pasaje podría mostrarla en las rodillas de un abuelo paterno, cantándole en italiano, una canción de un barquito de papel, que a la mar no podía echarse, por ser justamente de papel. Una tercera escena, más acá en el tiempo, le haría un primer plano subiendo a un taxi en la cuadra del correo de Alta Gracia y viajar hasta la escuelita “Hipólito Irigoyen” de Villa Oviedo. En ese lugar enseño sus primeras letras en esta ciudad, en aquella Villa Oviedo oscurecida y apartada de la Alta Gracia señorial.
“Fue solo por tres meses, cubrí la ausencia de una maestra por embarazo. Hacía varios años que no enseñaba, mi esposo prefería que no trabajara porque mis hijas eran pequeñas y su sueldo en Kaiser (IKA) era bastante bueno. Pero yo siempre le decía a él: no nací solo para ser ama de casa, eh”.
(Leer nota completa en la edición impresa 523, del viernes 20 de julio de 2012)
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